Reseña histórica de la sepsis

El término sepsis proviene del griego y se utilizaba para nombrar la descomposición de material orgánico vegetal o animal [1]. Antiguamente las grandes epidemias se creía que eran debidas a espíritus malignos y seres demoniacos [2]. La primera referencia escrita de la sepsis data de 1600 a. C y se encontró en 1862 en Luxor, Egipto. Era una copia de un escrito datado en el año 3000 a.C. siendo este considerado el tratado quirúrgico más antiguo hasta la fecha [3]. En el papiro de Ebers (Figura 1) datado en el año 1400 a.C., describe la sepsis como una “fuerza enfermante” (“whdw”, pronunciada como “ukhedu”) localizando el origen en el intestino y que, bajo ciertas circunstancias, “puede pasar al cuerpo y producir enfermedad”, entre cuyas manifestaciones estarían la supuración y la fiebre. Además, se detallan distintos métodos quirúrgicos como la extracción de pus de las heridas para impedir la progresión de la infección [2].

Figura 1. Papiro de Ebers. Imagen extraída de (https://sobreegipto.com/2011/05/18/el-papiro-ebers-registro-de-la-medicina-egipcia/)

Estos conocimientos fueron adoptados por médicos griegos formados en Egipto, como

Herófilo (335 a.C.- 280 a.C.) y Erasiato (340a.C.- 250 a.C.). El concepto de sepsis se generalizó tanto que hasta Homero hace referencia al término en uno de sus poemas de la Ilíada [4].

Hipócrates (460-377 a. C) propuso la teoría de que el ser humano está formado por cuatro humores fundamentales (aire, agua, fuego y tierra), que representaban los cuatro elementos. El equilibrio de estos cuatro humores componía la salud del individuo, conocido por el termino de Eucrasia [5]. Observó que cuando se extraía sangre de un individuo con fiebre, esta era más oscura de lo normal. Hoy se explica por el aumento de la velocidad de sedimentación y de los reactantes de fase aguda, produciéndose una disminución de la saturación de oxígeno [6, 7]. Para los médicos Hipocráticos había dos conceptos, “sepsis” que equivalía a descomposición (proceso dañino) y “pepsis” que se correspondería a maduración, fermentación y curación de la herida (proceso beneficioso). Dentro de este contexto se empezaron a emplear medidas de asepsia básicas como hervir agua para limpiar las heridas [8].

El imperio romano utilizó las mismas teorías y remedios griegos, añadiendo alguno nuevo como el nitrato de plata [2]. Galeno (131 – 200 a. C.) introdujo el concepto “Pus bonum et laudabile”, lo que significa que el pus era beneficioso y que el cierre por segunda intención de las heridas era mejor [9].

Tras los romanos, llegaron los árabes, Avicena, también conocido como Ibn Sina, (980 – 1037), observó que la septicemia se acompañaba en la mayoría de las ocasiones de fiebre. Durante la Edad Media, no hubo grandes avances ya que se retomó la teoría de que de la enfermedad se debía a fuerzas oscuras y al pecado mientras que la curación era gracias a lo divino. Los barberos o cirujanos era los encargados del tratamiento de la sepsis [5].

Con todos los acontecimientos bélicos que acontecieron a lo largo de estos años, se produjeron importantes avances quirúrgicos. Ambroise Paré (1509-1590), observó que las heridas producidas en el campo de batalla tenían una mejor evolución si además de cauterizar dicha herida añadía al tratamiento Turpentina y aceite de rosas [10]. En las primeras horas tras un trauma, la causa principal de muerte era el shock, ya fuese hipovolémico o cualquier otro shock que no tenga sangrado activo. Hoy en día se sabe que el shock es secundario a la inflamación con repercusión sistémica y que puede causar disfunción multiorgánica, aun sin haber indicios de infección [11]. Actualmente la respuesta inflamatoria continúa siendo un gran problema, tanto por el compromiso sistémico como por la predisposición a la infección [12, 13].

Fracastoro (1478 – 1553) describe por primera vez el término contagio en el libro “De Contagione et Contagiosis Morbis et Eorum Curatione”. En 1752 John Pringle (1740 – 1780) teorizó sobre que las infecciones nosocomiales eran debidas al contagio de otros seres vivos.

En el siglo XIX, Dominic Jean Larrey (1766 – 1842), cirujano de Napoleón Bonaparte, propuso la amputación como primera opción terapéutica, hasta ese momento la amputación era el último escalón terapéutico [14]. Con esta medida, consiguió disminuir la mortalidad en el campo de batalla.

El obstetra austriaco Ignaz Semmelweis (1818 – 1865) (Figura 2), observó que al realizar autopsias sin guantes y posteriormente atender partos sin tomar medidas higiénicas se generaba sepsis puerperal, con la simple medida del lavado de manos disminuyó de un 16% a un 3% la mortalidad puerperal [15-17].

Figura 2. Ignaz Semmelweis. Imagen extraída de (https://www.bbc.com/mundo/noticias-49653058)

Louis Pasteur (1822-1895), bacteriólogo francés, aisló estreptococos en pacientes sépticos, y comenzó a plantear la posibilidad de que los contagios se dieran a través de los microorganismos [18].

Edwin Klebs (1834-1913), uno de los ayudantes principales de Virchow, encontró diversas bacterias en un gran número de muestras que procedían de autopsias. Fue el primer científico que atribuyó a estas la etiología de la sepsis [19].

Robert Koch (1843 – 1910), médico y microbiólogo alemán describió los postulados de infectividad y transmisibilidad dando paso a una nueva concepción de las enfermedades infecciosas. Hasta entonces se tenía la teoría de que las infecciones se producían por “generación espontánea”, a partir de este momento se reconoce que los vehículos transmisores de estas enfermedades son organismos unicelulares [20].

A finales del siglo XIX, Richard Pfeiffer (1846-1921), pediatra y bacteriólogo alemán, demostró en 1892 que las infecciones asociadas a las manifestaciones de la enfermedad no requerían de microorganismos viables ni capaces de multiplicarse. Propuso la teoría de que el germen producía un “factor tóxico”, que denominó endotoxina, aunque no fue capaz de explicar la patogenia de la sepsis. En 1893 William Coley, cirujano neoyorkino sugirió que el microorganismo podía desencadenar ciertas respuestas en el huésped y ser éstas las responsables de las manifestaciones observadas [21].

Sir William Osler (1849-1919) fue el primero que observó que el exitus producido por una infección sistémica, era resultado de una respuesta exagerada y desordenada del huésped inducida por el patógeno [21].

En 1914 Hugo Schottmu?ller (Figura 3) sentó las bases para la definición actual de la sepsis, afirmando que la infección era la piedra angular de esta enfermedad, la primera definición que se estableció fue: “La septicemia se desarrolla a partir de un foco de bacterias patógenas, que de manera constante o periódicamente, invade el torrente sanguíneo causando diversos síntomas. Años después Lewis Thomas describió que era la propia respuesta del organismo la que estaba involucrada en el cuadro séptico [22].

Figura 3. Hugo Schottmu?ller. Imagen extraída de National Library of Medicine (https://collections.nlm.nih.gov/catalog/nlm:nlmuid-101428026-img)

Alexander Fleming (1881 – 1955) descubre fortuitamente en 1929 el primer antimicrobiano, la Penicilina, hecho que revolucionó la forma de tratar las infecciones. Debido a su descubrimiento Fleming ganó el premio nobel en 1945 [23].

A mediados del siglo XX, Carswell y su equipo en 1975 aislaron una sustancia producida por la activación de macrófagos, monocitos y linfocitos después de la exposición a la endotoxina, el conocido “Factor de necrosis tumoral” (TNF) responsable de la clínica de la sepsis. Naciendo así la necesidad no sólo de encontrar el tratamiento de la sepsis, sino también de entender su fisiopatología [21].

A finales del XX, gracias a los avances tecnológicos y difusión de las investigaciones y literatura médica, se pudieron unificar criterios y hacerse eco del importante problema que generaba la sepsis a nivel mundial. En la Conferencia de Consenso de 1991, Roger Bone (Figura 4) y sus compañeros consiguieron fijar un esquema conceptual sobre la sepsis que sirvió para conocer mejor la historia natural de la enfermedad [24].

Figura 4. Roger Bone. Imagen extraída de Marshall et al. [25].

La elevada incidencia, mortalidad y morbilidad que conlleva esta patología, y dado que nos faltaban muchos conocimientos sobre su epidemiología, fisiopatología y nuevas modalidades terapéuticas hicieron que en el año 2002 se iniciara la “Campaña Sobreviviendo a la sepsis (CSS)” (Surviving Sepsis Campaign), una campaña promovida por tres de las más prestigiosas sociedades científicas, cuyo objetivo fue crear guías universalmente aceptadas para el manejo de la sepsis y así disminuir la morbi- mortalidad. En 2004 se crearon las “Guías de la supervivencia a la sepsis” en las que se reunía en un solo documento toda la evidencia científica disponible hasta ese momento sobre el tratamiento de la sepsis. Sucesivamente en 2008, 2012 y 2016 estas guías han sido actualizadas. En estas guías se desarrollaron paquetes de medidas de actuación (bundles) para llevar a cabo en un periodo estimado de tiempo, estos periodos se han ido actualizando a lo largo de los años [26].

Referencias

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2. Broughton G, 2nd, Janis JE, Attinger CE. A brief history of wound care. Plast Reconstr Surg 2006; 117(7 Suppl):6S-11S.

3. Vargas A, Lopez M, Lillo C, Vargas MJ. [The Edwin Smith papyrus in the history of medicine]. Rev Med Chil 2012; 140(10):1357-1362.

4. Majno G. The ancient riddle of sigma eta psi iota sigma (sepsis). J Infect Dis 1991; 163(5):937-945.

5. Orfanos CE. From Hippocrates to modern medicine. J Eur Acad Dermatol Venereol 2007; 21(6):852-858.

6. Cinel I, Dellinger RP. Advances in pathogenesis and management of sepsis. Curr Opin Infect Dis 2007; 20(4):345-352.

7. Gabay C, Kushner I. Acute-phase proteins and other systemic responses to inflammation. The New England journal of medicine 1999; 340(6):448-454.

8. Forrest RD. Early history of wound treatment. J R Soc Med 1982; 75(3):198-205.

9. Thurston AJ. Of blood, inflammation and gunshot wounds: the history of the control of sepsis. Aust N Z J Surg 2000; 70(12):855-861.

10. Markatos K, Tzivra A, Tsoutsos S, Tsourouflis G, Karamanou M, Androutsos G. Ambroise Pare (1510-1590) and His Innovative Work on the Treatment of War Injuries. Surg Innov 2018; 25(2):183-186.

11. Lenz A, Franklin GA, Cheadle WG. Systemic inflammation after trauma. Injury 2007; 38(12):1336-1345.

12. Keel M, Trentz O. Pathophysiology of polytrauma. Injury 2005; 36(6):691-709.

13. Bosmann M, Ward PA. The inflammatory response in sepsis. Trends Immunol 2013; 34(3):129-136.

14. Helling TS, McNabney WK. The role of amputation in the management of battlefield casualties: a history of two millennia. J Trauma 2000; 49(5):930-939.

15. De Costa CM. “The contagiousness of childbed fever”: a short history of puerperal sepsis and its treatment. Med J Aust 2002; 177(11-12):668-671.

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19. Kohler W, Mochmann H. [Edwin Klebs (1834-1913), pathologist and forerunner of bacteriology. In memory of the 75th anniversary of his death]. Z Arztl Fortbild (Jena) 1988; 82(20):1037-1042.

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24. Bone RC, Balk RA, Cerra FB, Dellinger RP, Fein AM, Knaus WA, et al. Definitions for sepsis and organ failure and guidelines for the use of innovative therapies in sepsis. The ACCP/SCCM Consensus Conference Committee. American College of Chest Physicians/Society of Critical Care Medicine. Chest 1992; 101(6):1644-1655.

25. Marshall JC. In Memoriam: Roger C. Bone, M.D. Sepsis 1997; 1(1):7-10.

26. Dellinger RP, Levy MM, Rhodes A, Annane D, Gerlach H, Opal SM, et al. Surviving Sepsis Campaign: international guidelines for management of severe sepsis and septic shock, 2012. Intensive Care Med 2013; 39(2):165-228.

 

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